lunes, 25 de enero de 2010

Édith Piaf, un gorrión que voló muy alto


Édith Piaf con su sobrio vestido negro parece desentonar con la lumiere de París, pero es su icono más sagrado, por su inimitable voz y legado musical. “Le Legionnaire”, “L’Accordeoniste” han resistido el paso del tiempo para convertirse en himnos de la música universal.
Es 1961 y el telón del Olympia se abre majestuoso. Ahí está ella, pequeña, maravillosa, eterna. Su repertorio empieza con “Non, je ne regrette rien”, un himno para esta mujer que no se arrepiente de nada. No puede faltar “Padam, padam” y su “La vie en rose”.

Dos mil espectadores la ovacionan, están dispuestos a rendirse ante su voz y ella los mata con “Hymne à l'amour”, una canción de Marguerite Monnot, su pianista y amiga fiel.
“La foule” anima a este pequeño teatro parisino, mientras que “Milord”, “Les mots d'amour” y “Les amants”, lo salvan de la bancarrota.
Cuando el telón cae, ella ya no es pequeña, sino una gigante de la música francesa… el gorrión coronó el cielo y su nombre, Édith Piaf se vuelve inmortal.

El 09 de octubre de 1962, Edith Piaf se casa con Théo Sarapo, un joven cantante 20 años menor que ella. “Tengo la impresión de que es como un hijo que cuida a su madre enferma”, declararía la cantante. Cantaron a dúo, “A quoi ca sert´l amour”. A principios del 1963, Édith graba su última canción, “L´Homme de Berlín.”

Primer acto: La vie en rose
Podría decir que la farola del número 72 de la rue de Belleville en París es el inicio de esta historia, un comienzo fantástico para un personaje mítico de la ciudad de la luz. Sin embargo, este no es un cuento de hadas, sino la vie en rose de Édith Piaf.
El año, 1915; el personaje, Édith Giovanna Gassion; la familia, un par de itinerantes que sin saberlo cumplieron una misión divina, dar al mundo a una de las cantantes más extraordinarias de su tiempo.
Su voz de gorrión se distinguió en medio del ruido de un burdel, lugar en el que pasó su niñez. Y su talento hizo eco en las calles parisinas, sitios de peregrinación obligados que recorría junto a su padre, un cirquero.
Esta vida ausente de tonalidades rosas pronto encontraría su destino. El salvador, Louis Leplée, dueño de uno de los cabarets más importantes de la época, el Gerny`s.
Y es aquí en donde empieza esta obra magistral. En la primera escena, Édith sube al plató y es presentada como La môme Piaf (la niña gorrión). Su voz impacta desde el primer acorde, Raymond Asso y la pianista Marguerite Monnot se prendan de la protagonista y pronto empezarán a componer para ella.
Piaf es una artista completa. Nadie como ella tiene una dicción clara y limpia para un idioma tan sofisticado como el francés. En escena sus canciones y silencios evocan su turbulenta vida, muestran la vulnerabilidad de su personaje, pero sobre todo fusionan la calle y el escenario, dos pilares fundamentales en su trayectoria.
Bajo el signo de Paris la môme es descubierta. Ahí vive la guerra, asume sus amores, sus actuaciones, sus caídas y resurrecciones, logrando entrelazar, hasta volverse indivisible, su arte con la ficción.

El film “La Vie en rose” abrió la Berlinale en 2007, es un "biopic" (película biográfica) que cuenta la vida azarosa de Édith Piaf y pone especial énfasis en su voz privilegiada. Marion Cotillard en el papel de Piaf, obtuvo el Bafta, el César, un Globo de Oro y un Óscar por su magnífica interpretación.

Segundo acto: Marcel
Se abre el telón, es 1937 y Édith debuta en el Teatro ABC de París. Impacta y ahora es la reina del music-hall. No hay duda, es una estrella con luz propia. La prensa la proclama como el ícono de la canción francesa, y que decir del el público, la adora.
Mientras su magnífica voz resuena en las radios con la canción “Hymne à l'amour”, por sus venas corre intensidad esa letra.
En 1948 por su gira triunfal en Nueva York, protagoniza la historia de amor más grande de su vida. El elegido, un boxeador de origen argelino, Marcel Cerdan, quien ganó el campeonato mundial de peso medio ese mismo año.
“Y la tierra puede abrirse / poco me importa si me amas […] / ya que el amor inundará mis mañanas / mi cuerpo se estremecerá entre tus manos. / Poco me importan los problemas, mi amor / porque me amas.”
Pero como las grandes historias de amor, ésta fue efímera. El campeón murió el 28 de octubre de 1949 en un accidente aéreo. Viaja de Nueva York a Paris, para el encuentro con su amada.
Este hecho marcará la vida de la Piaf, quien abatida por el sufrimiento se refugia en la morfina, su más grande demonio.
“Si un día la vida te arranca de mi lado / si mueres o estás lejos de mí / poco me importa, si tú me amas / porque yo moriré también / tendremos la eternidad para nosotros […] / Dios reúne a aquellos que se aman.”
Al final, ella se reuniría con él en octubre del 63.


El Olympia era su salón de espectáculos favorito, ahí interpretó por primera vez la canción que Charles Dumont compuso para ella, “Non, je ne regrette rien”. Sólo la Piaf podía interpretarla de una manera magistral. Además, la letra se aplica a su vida: “No, nada de nada / No, no me arrepiento de nada / Pues mi vida, mis alegrías hoy comienzan contigo.”

Último acto: Adiós, môme
Cantar para Édith era una manera de enfrentar sus tragedias y declarar la batalla a sus demonios, miedos y adicciones. Sin embargo, la morfina fue un monstruo difícil de vencer y al final pudo más que ella. Letal e inclemente deterioró a la niña gorrión.
Para su acto final se presentó en el teatro Olympia, casi no podía mantenerse en píe, pero su voz no claudicó, era tenaz y constante.
Apenas tenía 47 años cuando logró la eternidad para ella y Marcel.

En 1956 el Carnegie Hall de Nueva York cayó ante el encanto de Edit Piaf y la convirtió en un ícono del music hall en los años 60. Su canción “Milord” grabada en 1958 se consagra como uno de sus enormes éxitos mundiales.

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